¡Maravillosos poetas andalusíes! Es para llorar este poema de El Zobaidi, español muerto en el lejano 989, que parece escrito ahora mismo. Las pateras, los muros de la vergüenza, la iniquidad de las fronteras… ¡Qué poco hemos avanzado! ¿Por qué en las antologías de poesía española no aparece esta joya?
¡Viaja!: no dejarás de hallar quien reemplace a aquellos de quienes te separas. Muévete, que en ello está el placer de la vida.
El hombre inteligente y cultivado ninguna gloria puede sacar de quedarse en su lugar. De tu tierra, vete al extranjero.
Yo noto que el agua estancada se corrompe, y el agua corriente se sanea, por lo mismo que corre. Dejado en su yacimiento, el polvo de oro es como polvo de tierra, y el aloe en la tierra en que se da es considerado simplemente como leña.
Somos hijos de ese muro de silencio que nos separa a los que un día fuimos hermanos, un muro de olvido interesado, un muro de mentiras, un muro de miedo. Un muro construido por los poderosos de uno y otro lado, los que prefieren a las ovejas bien guardadas en el corral.
Hay un muro que separa el Norte del Sur, el mundo Rico del Pobre, media humanidad de la otra media.
Es un muro FÍSICO, material, con alambradas, fosos, perros, policía, seguridad. Es el mar donde muere la gente de las pateras. La valla de Ceuta, la valla de Melilla, el mismo muro que separa Méjico de Estados Unidos, Palestina de Israel.
Es un muro ECONÓMICO Y POLÍTICO, que quiere negar la entrada a los pobres del mundo a las riquezas de Europa y Estados Unidos, fruto del expolio del planeta.
Pero también es un muro CULTURAL. Nos han educado en creer en ese muro antes de que existiera materialmente. El muro cultural es el miedo al otro, el desprecio por el diferente, la ignorancia sobre lo que nos une, la mentira de la patria y la identidad colectiva.
Todos estamos presos, encerrados por el muro, los que están a un lado y los que están al otro. Presos de la necesidad, presos de la desesperación, presos del miedo. Obligados a sobrevivir, estamos presos los vigilantes y los vigilados, los elegidos y los parias. La obsesión por la seguridad está minando las libertades de los países privilegiados y de los países pobres. Los poderosos fomentan el miedo para controlar a sus propias sociedades, también cada vez más desiguales.
¡Ay!, dicen las canciones de España. Es el quejío de Andalucía, pero también el mismo estilo doliente que he podido escuchar en cantos de segadores y canciones de cuna de Aragón. ¡Ay!, dicen todavía las lenguas de España, maldiciendo nuestra bochornosa historia, en la que casi siempre el pueblo llano ha sido machacado por la verdadera antiespaña, la del crucifijo y la espada. El propio Machado vivió en sus carnes la ferocidad de la España ultra:
“Esa España inferior, que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste
cuando se digna usar la cabeza”.
De todos los lamentos de España, quizá uno de los más antiguos y verdaderos es el de los moros españoles, sólo parejo al de los sefardíes. De ellos proviene seguramente ese sentido ¡ay! que todavía perdura en nuestra música popular. ¡Ay de mi Alhambra!, decía el romance. ¡Ay de los moros! decimos ahora, recordando su malhadada expulsión en este 2009 en que se cumplen 400 años de desmemoria.
El sufrimiento de los españoles de religión musulmana, los moros, fue terrible. Sobre todo, a partir de su conversión forzada.
Expulsados de sus casas para vivir en los arrabales, sometidos a un régimen de semiesclavitud y mortificados por impuestos varios, más tarde obligados a bautizarse para, poco después, ser acusados de malos cristianos, denunciados y perseguidos por la Inquisición… ¡Bonita historia con un final feliz! En 1609, cuyo cuatrocientos aniversario conmemoramos este año, que no celebramos, fueron robadas todas sus posesiones y ellos mismos expulsados de su propia tierra. ¡Viva España!
No es de extrañar que el erudito Correas recogiera en el siglo XVI una copla popular de inmensa tristeza, un documento impresionante sobre la condición esclava que sufrían los moriscos desde su mismo nacimiento. Quizá fuera cantada por algún cristiano de buena fe (judío no podía ser porque los habían expulsado unos años antes):
-¿Por qué lloras, moro?
-Porque nací lloro
-¿Por qué lloras, di?
-Lloro porque nací
Esta sencilla copla, “jonda” como pocas, ha sobrevivido al polvo de los siglos y llega al siglo XXI tan verdadera como entonces. Así lo sienten tantos jóvenes magrebíes y africanos, que ven su vida como una condena cuya única esperanza es la huida a Europa… Impresionado por su desesperanza y por su actualidad, pensé en ella para hacer la base de la canción “Moro, moreno, moro”. El diálogo en que se basa el poema se convierte en un diálogo musical en el que Hicham, en árabe, y Oum, en inglés añaden textos sobre los sentimientos actuales de la gente de Marruecos. La música surgió al estilo de una “morna” de Cabo Verde, una especie de rumba lenta que refleja como pocas músicas la melancolía y la pérdida. Imaginé cómo se debía sentir quien compuso el poema. Ya en el ensayo, añadimos una segunda parte a ritmo de reggae, un estilo más vivo que gusta mucho a la gente joven de Marruecos.